Los viajes son casi como citas a ciegas... lo inesperado nos espera.
La magia está en no saber lo que pasará y que pase. Ansiosa y alegre, expetante y confiada, espero lo que el destino me dará.
Encaro mi viaje como lo hago con mi vida, asumiendo de antemano que lo que llegue será bueno.
Y volver también siempre es genial.
Es que las cosas, hechos, dejan de ser ordinarios cuando se cambia el lente del enfoque a 'extraordinario'.
Soy viajera de las letras o Moninauta. Mi familia, mis amigos y yo hemos pasados por muchas situaciones, buenas y malas, nacimientos y muertes, encuentros y disoluciones, el fin del mundo y muchos principios de años, siempre cosas nuevas, sentimientos armónicos o desencajados... noticias alegres y de las otras... pero aquí estamos, disfrutando del amor o de los ventarrones emocionales que siempre nos dejan alguna lección... trato de reflejar un poco de todo esto en mis escritos.
sábado, 2 de febrero de 2013
Hojas secas.
La casa está tan
fría que da vergüenza
Huele a grasa
rancia y flores muertas
Papeles viejos,
hojas secas, tapizan el suelo
Cáscaras de fruta
y verduras rancias
Amontonadas en las
mesas y estantes…
“Es que murió
alguien?” Pregunta un pasante
“Esta casa fue
linda –sigue- mucha madera
Mosaicos caros
aunque no del mejor gusto…”
Se encogen de
hombros, indiferentes, ciegos.
Hojas secas crujen amontonadas, mezcladas.
“Fue una muerte en
soledad, oscura, tenebrosa”
Grita la vieja
indiscreta: “ nadie lo supo hasta…”
Un viejo piano
llama a silencio, a invierno.
Deseo
Salió de un
bosque ennegrecido
En silencio…
Y corrió
desbocado, levantando arena…
Sus crines al
viento, ancas fuertes
Ojos de fuego y
relincho alocado, potente
Corría veloz
hacia mi figura en sombras
Le di la espalda
y relinchó aturdiéndome.
Trotó
fantasmalmente, buscándome
Envolviéndome en
su aliento y aroma,
Mientras yo escondía
mi cara y cuerpo.
Lo vi cabalgar
frenético, bello, potente,
Feroz,
relinchando como en risas y, luego
Silencio…
Se detuvo a
contemplar la luna…
Toda la noche,
inmóviles los dos.
Solo se oían las
olas romper y retirarse
Como si el mar
respirara apenas.
Hasta que lo escuché, quedo, lloraba.
Un último
relincho a la luna inmensa
Y partió.
A paso lento
primero, luego al galope
Fugaz, veloz,
salvaje, enloquecido…
Vi volver al
caballo brioso del deseo
Cabalgando hacia
el bosque renegrido.
Desapareció.
Color de luna,
salada como agua de mar, espesa…
Una lágrima
equina rodaba por la playa.
sábado, 26 de enero de 2013
Ceremonia
Soportaremos
la felicidad,
esa del
alma compartida?
Soportaremos
la energía blanca
De la transgresión
apasionada?
Mi pregunta
sobre la caída
De
personajes grises de envidia
Me río
de ceremonias impuestas
me hago judía en tu abrazo
donde
nuestro amor es innombrable
y el
mundo mal-oliente nos condena.
Me hago
musulmana en tu mirada
De
gitano herido.
Renazco
en la voz de tus miradas
Cuando
las tumbas de la ciudad
Dan
vuelta la casa, envidia consabida
Aquelarre
mala hierba contra vidrio dorado,
soy
hada maldita, tu bruja amada.
Bailemos,
bebamos, riamos, giremos,
Que ya
el mundo nos queda chico
De cada
lugar un sabor, música, aroma
Para
construir un altar a nuestra memoria.
Entonces,
fóbicamente, nos apartamos.
Parreandando sufrimos el alejamiento
y
construimos efervescentes pompas
que
explotamos de risa y pudor.
La única
regla es el amor sin regla.
El único
amor es la regla del amor.
Morirás
en mis brazos: me condenaste.
Moriremos
frente al mar y la luna
Ardientes,
felices de correr al viento
y perdernos
de todo mal,
consagrandonos.
domingo, 20 de enero de 2013
Lo absoluto
Lo
absoluto no está en ti, entiende,
En
ti está el instante preciso
El
grito que crispa soledades, ausencias
En
ti resuenan ecos de muertas lunas
Audaces
hazañas inconclusas, quimeras
La
pequeña cuota de delirio cotidiano
En
ti se pasea la muerte y la gloria
Mientras
las ignoras y me ignoras
Buscando lo que no está en ti ni en mí
Chantilly 2013
sábado, 17 de noviembre de 2012
Fragmento de novela: Historia sin Contar de Mónica Ivulich
En este día,
en el que comencé esta ‘desmemoria’, estaba visitando la tierra de mi abuela
Joan y había decidido el viaje en diez días, incluyendo los pasaportes
(afortunadamente alguien pudo apurar los trámites, siempre lentos en el tercer
mundo) el permiso para salir del país de mi hija, a quien llamo Nacha, armar
el equipaje, etc.
Fue entonces,
paseando por ‘Les Champs Elisée’ cuando supe que me iría de mi país
definitivamente… algún día. Antes lo había soñado e incluso intentado tímidamente.
Pero parecía imposible o no era tiempo. Ahora lo sabía.
Solamente me
faltaba fijar el puerto de arribo. El mundo era tan grande que no era fácil
decidir. Aunque me enamoré de la Ciudad Luz.
Y sería en
París donde experimentara, por primera vez, algo más allá de la realidad
palpable:
‘Una tarde, después de comer nos acostamos para una siesta, como estaba inquieta me levanté y dejé un mensaje escrito a Stella, quien dormía con las niñas: su hija y la mía. La nota rezaba: -“No te quiero despertar, voy a dar una vuelta, necesito caminar. Si tardo es porque encontré a mi ‘conde’ francés.¡Ja, ja!… Nos vemos cuando despiertes o espérame un ratito. Un beso, Mónica.”
Salí con la
idea de visitar rápidamente la tumba de Napoleón y volver a cenar. No
tenía dudas de cómo llegar, sabía, intuitivamente, cómo manejarme con el metro
parisién, una habilidad inexplicable si consideramos las veces que me perdí
en los trenes subterráneos de mi ciudad: Buenos Aires.
Sin embargo,
enigmáticamente, llegué a la tumba del soldado desconocido. Así que, observé
el conjunto escultórico y, con cierta frustración, emprendí el regreso al
hotel.
Mi humor era
extraño, sentía inquietud y, a la vez, una calma me inundaba y adormecía.
Regresaría a la estación por otra calle, aprovechando una bifurcación de
las veredas, pues sabía exactamente cómo hacerlo si bien era la primera vez que
visitaba ese lugar y, también, porque deseaba ‘ver algo diferente’.
Me parecía
conocer toda la zona como si la hubiera caminado muchas y repetidas
veces. Al mismo tiempo, me embelesaba cada detalle arquitectónico de una época
lejana, la vegetación que asomaba desde los jardines, y todo lo que podía
apreciar en un barrio solitario y antiguo de París. Me era increíble
pensar que allí vivía, sufría y gozaba la gente de verdad, como yo. Con la
única diferencia de que nacieron hablando francés.
Así, en esa
mezcla de sensaciones inconexas e ilógicas, caminaba un poco fuera de mí,
como observándome desde lejos, viendo todo desde un balcón espacial.De pronto, se abrió frente a mi vista una pantalla. No sentía el suelo bajo mis pies. Mi mente me había asomado ante un espectáculo de otro tiempo. Vi la entrada a una hermosa mansión, sonaba música y brillaban luces de festejo desde el vestíbulo. Me vi yo misma, entrando a una sala de recepción lujosa y grande, adornada profusamente con flores blancas, antesala de la fiesta que, se podía presumir, ocurría en el interior. Era yo, sin duda alguna, pero diferente; mi cara era otra, llevaba un amplio vestido con polizón, podía sentir la molestia de la tela contra mi piel, de la peluca y el jubón y, a la vez, considerarme bella, algo que no sucedía en aquel tiempo de mi vida ??? actual.
Alguien me
ofrecía el brazo y yo caminaba airosamente: feliz, segura.
También pude
observar que otras personas bajaban de coches a caballo y entraban
sonriendo, todos con peluca blanca y trajes de época, eran recibidos por
pajes de traje rojo y peluca e ingresaban caminando por una alfombra color
rojo-oscuro.La ‘pantalla’ se cerró en un instante, de la misma forma en que se había abierto.
Seguí caminando y supe, con certeza, que encontraría el gran edificio, a pasos de donde me había detenido. Me dirigí donde mi intuición me indicaba y me hallé frente a un hotel: la fachada era la misma que acababa de ver en mi ensueño, sólo habían agregado una taquilla para atender al público para informarse al paso, desde la calle; también un mostrador en el recibidor; la alfombra era casi nueva, de color muy semejante al de la moqueta que había visto en mi visualización, la misma lámpara, la escalera interior, los floreros inmensos y blancos, todo era idéntico a lo que recordaba en mi
imaginación. Otros detalles me confirmaron haber llegado al lugar que había ‘visto’ en forma sutil.
Sentí un leve
aturdimiento.
Decidí volver
al hotel con Stella y las nenas, tenía la seguridad del camino que debía
recorrer.
No recuerdo
más, hasta que estaba llegando donde nos alojábamos, caminé con cierta pereza
y confusión.
Me figuré,
erróneamente, que Stella y las niñas estarían levantándose de la siesta. Cual
no sería mi sorpresa al verlas ya
vestidas, con hambre y nerviosas por
mi ausencia prolongada. Recién entonces me di cuenta que empezaba a
anochecer.
Había tardado
unas cinco horas, aunque yo contabilizaba unas dos a lo sumo.
¿Qué pasó en
todo ese tiempo, desde que me vi entrando a la fiesta hasta que seguí
caminando otra vez? ¿Habría visitado a mi conde francés? El pensamiento me
hacía reír. A la vez me preocupaba no tener conciencia de ese lapso vivido
en ‘no sé dónde’.Nunca volví a tener experiencias de perder la noción del tiempo en esa forma ni parecida. De todos modos, me sirvió para despertar inquietudes diferentes de las que me habían tenido ocupada hasta ese momento.
No sé por qué,
hoy, cuando estoy a punto de salir hacia París, necesito saber que
alguien más lee ésta, mi historia. ¿Qué círculo se cierra? O ¿se abre?
¿Qué papel
tienes en mi historia, tú lector? ¿Juego algún rol en la tuya?
jueves, 1 de noviembre de 2012
El NONO (cuento)
'El NONO'
1 -Se muere Carmela… ¿Qué hacemos? Lo rodean las hermanas vestidas eternamente de negro y algunos sobrinos. El nono apenas los percibe, en realidad, su mirada trasciende océanos, navega en nieblas tenues y recala en la Argentina… tan, pero tan lejos de esta Italia, que él ya no ve. Tampoco verá la tierra argenta donde trabajan sus hijos y sus nietos. Repite su nombre entre susurros y accesos de tos, como si fuera una amante, le reclama lo que se llevó de su vida, toda su obra y única riqueza: sus amores… Pide por pluma y papel. Carmela corre alarmada: Si su hermano piensa en escribir es algo muy importante. ¡Más aún en estas circunstancias! -“¡Rápido la pluma y el papel!”- repiten las mujeres de negro. Carmela cierra el pesado arcón donde encontró lo necesario y, a toda prisa, levanta un poco sus enaguas negras mientras corre por los pasillos descarnados, hasta llegar al camastro del nono. Él cierra los ojos para ver a los que están muy lejos y, para ellos, comienza a escribir, con gran esfuerzo, su último deseo:”Nápoli, a 5 días del mes de noviembre de 1921…” -“Se muere, Carmela ¿Qué hacemos?”- Pregunta su hermana Angustias. Y Carmela corre por las calles grises, frías, buscando al médico y al párroco. Cuando regresa ya están instaladas las lloronas. Las hermanas se mueven mecánicamente en los últimos preparativos: velas y velos, negros como el café y las lágrimas. Carmela deja caer los brazos y su mirada se encuentra con la hoja garabateada por el nono, el mayor de sus hermanos, tan mayor que todos optaron la forma de llamarlo de sus nietos. Se le nubla la vista, ella no sabe leer, mas reconoce, con ternura, esa firma aunque no tenga la energía acostumbrada, es más bien un garabato póstumo. Poco después de la ceremonia, el párroco se sienta a su lado y lee, pero Carmela, aturdida por el dolor, apenas comprende. Sin embargo algo retumba en sus sienes y la alarma se enciende:- “¿Cómo? ¿Después de muerto viajar a Argentina?” Sacerdote:- “Si, así lo dispuso él, cálmese, no es el primero que quiere ser enterrado en la tierra donde trabajan sus descendientes… ya veremos como se puede hacer para trasladarlo, ahora despreocúpese, por la mañana empezaremos la averiguaciones. Oremos Carmela.” Carmela:- “Padrecito, el dinero que enviaron sus hijos ya se terminó, sus remedios eran caros y un pasaje… pero, ya sé no me preocupo, pero… Oremos, si…” 2 Carmela pasa días y días llorando, orando y corriendo de oficina en oficina (es la hermana menor, la única con piernas sanas). El párroco la ayuda, le indica las direcciones de organismos y agencias pertinentes, le da cartas aclaratorias y documentos que ella entrega a distraídos secretarios, los cuales le devuelven otros papeles amarillentos o no, que el párroco lee y le señala la próxima oficina: es difícil cumplir con el último deseo del nono. -“¿Y? ¿Para cuándo Carmela? El comisario ya vino varias veces… ¿qué haremos con su cajón?” Corre Carmela, anda y desanda las calles indiferentes. Al fin, cuando un empleado le da la solución práctica y más económica, ella reprime un grito agudo, profundo. Se le escapan lágrimas densas y solo atina a gesticular en silencio, por un momento se le dibuja el pánico en los ojos, luego baja la cabeza y corre a comunicar la nueva a sus hermanos. Llega arrastrando los pies, el pañuelo negro se le desliza de entre sus dedos y, de los hombros, viene colgándole la angustia. Los hermanos y el párroco cabildean toda la noche, hasta que Ángelo, (ahora el hermano mayor) se levanta, golpea la manaza contra la madera tosca de la mesa y anuncia:- “Se hará así.” Su espalda contundente concluye la reunión. Carmela siente ambivalentemente el peso de una sentencia y el alivio de saber terminados sus complicados trámites. Los hombres gruñen, ya sea a favor o en contra. Las mujeres, estén de acuerdo o no, lloran. El párroco se calza el sombrero y saluda, no hay más que decir, está dogmáticamente en discrepancia. 3 En Argentina, casi Navidad de 1921, Clarita recibe una carta. -“¿Es del Nono?” -“No, de la prima Rosario, va a llegar para las Navidades desde El Tigre, también yo pensé que el nono escribiría para esta fecha…” -“No te aflijas, mañana o pasado habrá noticias, el correo anda mal, ‘ricordate’ que la última vez llegaron dos cartas juntas y las había enviado con meses de diferencia…” Pasan los días y Clarita se dispone a amasar los panes navideños, debe trabajar la masa por horas antes de agregarle la fruta seca, mientras lo hace, piensa en sus tías, que, allá en Nápoles, deben estar haciendo lo mismo y reza por el nono enfermo. La campanilla de la puerta suena varias veces, antes de que ella vuelva a la realidad y corra a abrir, con las manos blancas de harina. Encomienda de Italia. Corre a limpiarse las manos. Clarita habla para sí misma:- “Ya sabía yo, no podía pasar tanto…” Tironea los sellos de lacre. Las mejillas se le colorean por la emoción:- “Estas tías son tan buenas que dan vuelta el alma”. Piensa. No puede esperar a que llegue la familia para abrirlo, la ansiedad le tiembla en los dedos. Luego, el estupor. Por la noche, todos están reunidos alrededor de esa caja de ‘panettone’ casi vacía llegada de Italia. Los hombres tuercen la boca, las mujeres abren los ojos, los niños menean la cabeza. Clarita llegó de la cocina con el paño donde fue dejando harina húmeda. -“Es que ¿no comprenden?” Las tías saben que en Italia o aquí las tradiciones unen a la familia, por eso enviaron la levadura con la que tía Carmela y, antes, la abuela amasaron siempre los ‘panettones’ de Navidad.” Toda la familia comentará la ocurrencia de las tías durante algunos días y deciden mandar a Italia uno de los panes dulces que se cocinaron con ese ingrediente tan especial. También enviaron una foto de todos, frente a la casa que están terminando con sus propias manos, para que el nono sepa donde vivirá, cuando pueda viajar. 4 Algún tiempo después de finalizadas las fiestas llega carta de Italia, está fechada el mismo día en que salió la encomienda anterior… pero, evidentemente, el correo no funciona bien… Mientras espera la llegada de la familia, Clarita remueve la salsa roja para los espaguetis, sentada en la silla de mimbre. Clarita está ansiosa por ver las noticias de la familia y abre el sobre, mientras cocina, quiere saber como sigue el nono. Pronto dejará la cuchara, fruncirá el entrecejo y cubrirá su boca. Hay una larga retahíla de lamentos y condolencias, todo escrito en letra muy elegante y ortografía perfecta, presumiblemente del escribiente de alguna oficina de Nápoles, quien informa que: -…“habiendo muerto el nono, se cumple con último deseo de ser enterrado en la Argentina, para lo cual, se encontró una única forma posible de concretar dicha aspiración, con del dolor de su inmediata familia por tomar una medida tan opuesta a su creencias religiosas, a pesar de lo cual y en contra de su fe cristiana se procedió a cremarlo y enviar las cenizas por encomienda.” Mónica Ivulich Derechos Reservados
1 -Se muere Carmela… ¿Qué hacemos? Lo rodean las hermanas vestidas eternamente de negro y algunos sobrinos. El nono apenas los percibe, en realidad, su mirada trasciende océanos, navega en nieblas tenues y recala en la Argentina… tan, pero tan lejos de esta Italia, que él ya no ve. Tampoco verá la tierra argenta donde trabajan sus hijos y sus nietos. Repite su nombre entre susurros y accesos de tos, como si fuera una amante, le reclama lo que se llevó de su vida, toda su obra y única riqueza: sus amores… Pide por pluma y papel. Carmela corre alarmada: Si su hermano piensa en escribir es algo muy importante. ¡Más aún en estas circunstancias! -“¡Rápido la pluma y el papel!”- repiten las mujeres de negro. Carmela cierra el pesado arcón donde encontró lo necesario y, a toda prisa, levanta un poco sus enaguas negras mientras corre por los pasillos descarnados, hasta llegar al camastro del nono. Él cierra los ojos para ver a los que están muy lejos y, para ellos, comienza a escribir, con gran esfuerzo, su último deseo:”Nápoli, a 5 días del mes de noviembre de 1921…” -“Se muere, Carmela ¿Qué hacemos?”- Pregunta su hermana Angustias. Y Carmela corre por las calles grises, frías, buscando al médico y al párroco. Cuando regresa ya están instaladas las lloronas. Las hermanas se mueven mecánicamente en los últimos preparativos: velas y velos, negros como el café y las lágrimas. Carmela deja caer los brazos y su mirada se encuentra con la hoja garabateada por el nono, el mayor de sus hermanos, tan mayor que todos optaron la forma de llamarlo de sus nietos. Se le nubla la vista, ella no sabe leer, mas reconoce, con ternura, esa firma aunque no tenga la energía acostumbrada, es más bien un garabato póstumo. Poco después de la ceremonia, el párroco se sienta a su lado y lee, pero Carmela, aturdida por el dolor, apenas comprende. Sin embargo algo retumba en sus sienes y la alarma se enciende:- “¿Cómo? ¿Después de muerto viajar a Argentina?” Sacerdote:- “Si, así lo dispuso él, cálmese, no es el primero que quiere ser enterrado en la tierra donde trabajan sus descendientes… ya veremos como se puede hacer para trasladarlo, ahora despreocúpese, por la mañana empezaremos la averiguaciones. Oremos Carmela.” Carmela:- “Padrecito, el dinero que enviaron sus hijos ya se terminó, sus remedios eran caros y un pasaje… pero, ya sé no me preocupo, pero… Oremos, si…” 2 Carmela pasa días y días llorando, orando y corriendo de oficina en oficina (es la hermana menor, la única con piernas sanas). El párroco la ayuda, le indica las direcciones de organismos y agencias pertinentes, le da cartas aclaratorias y documentos que ella entrega a distraídos secretarios, los cuales le devuelven otros papeles amarillentos o no, que el párroco lee y le señala la próxima oficina: es difícil cumplir con el último deseo del nono. -“¿Y? ¿Para cuándo Carmela? El comisario ya vino varias veces… ¿qué haremos con su cajón?” Corre Carmela, anda y desanda las calles indiferentes. Al fin, cuando un empleado le da la solución práctica y más económica, ella reprime un grito agudo, profundo. Se le escapan lágrimas densas y solo atina a gesticular en silencio, por un momento se le dibuja el pánico en los ojos, luego baja la cabeza y corre a comunicar la nueva a sus hermanos. Llega arrastrando los pies, el pañuelo negro se le desliza de entre sus dedos y, de los hombros, viene colgándole la angustia. Los hermanos y el párroco cabildean toda la noche, hasta que Ángelo, (ahora el hermano mayor) se levanta, golpea la manaza contra la madera tosca de la mesa y anuncia:- “Se hará así.” Su espalda contundente concluye la reunión. Carmela siente ambivalentemente el peso de una sentencia y el alivio de saber terminados sus complicados trámites. Los hombres gruñen, ya sea a favor o en contra. Las mujeres, estén de acuerdo o no, lloran. El párroco se calza el sombrero y saluda, no hay más que decir, está dogmáticamente en discrepancia. 3 En Argentina, casi Navidad de 1921, Clarita recibe una carta. -“¿Es del Nono?” -“No, de la prima Rosario, va a llegar para las Navidades desde El Tigre, también yo pensé que el nono escribiría para esta fecha…” -“No te aflijas, mañana o pasado habrá noticias, el correo anda mal, ‘ricordate’ que la última vez llegaron dos cartas juntas y las había enviado con meses de diferencia…” Pasan los días y Clarita se dispone a amasar los panes navideños, debe trabajar la masa por horas antes de agregarle la fruta seca, mientras lo hace, piensa en sus tías, que, allá en Nápoles, deben estar haciendo lo mismo y reza por el nono enfermo. La campanilla de la puerta suena varias veces, antes de que ella vuelva a la realidad y corra a abrir, con las manos blancas de harina. Encomienda de Italia. Corre a limpiarse las manos. Clarita habla para sí misma:- “Ya sabía yo, no podía pasar tanto…” Tironea los sellos de lacre. Las mejillas se le colorean por la emoción:- “Estas tías son tan buenas que dan vuelta el alma”. Piensa. No puede esperar a que llegue la familia para abrirlo, la ansiedad le tiembla en los dedos. Luego, el estupor. Por la noche, todos están reunidos alrededor de esa caja de ‘panettone’ casi vacía llegada de Italia. Los hombres tuercen la boca, las mujeres abren los ojos, los niños menean la cabeza. Clarita llegó de la cocina con el paño donde fue dejando harina húmeda. -“Es que ¿no comprenden?” Las tías saben que en Italia o aquí las tradiciones unen a la familia, por eso enviaron la levadura con la que tía Carmela y, antes, la abuela amasaron siempre los ‘panettones’ de Navidad.” Toda la familia comentará la ocurrencia de las tías durante algunos días y deciden mandar a Italia uno de los panes dulces que se cocinaron con ese ingrediente tan especial. También enviaron una foto de todos, frente a la casa que están terminando con sus propias manos, para que el nono sepa donde vivirá, cuando pueda viajar. 4 Algún tiempo después de finalizadas las fiestas llega carta de Italia, está fechada el mismo día en que salió la encomienda anterior… pero, evidentemente, el correo no funciona bien… Mientras espera la llegada de la familia, Clarita remueve la salsa roja para los espaguetis, sentada en la silla de mimbre. Clarita está ansiosa por ver las noticias de la familia y abre el sobre, mientras cocina, quiere saber como sigue el nono. Pronto dejará la cuchara, fruncirá el entrecejo y cubrirá su boca. Hay una larga retahíla de lamentos y condolencias, todo escrito en letra muy elegante y ortografía perfecta, presumiblemente del escribiente de alguna oficina de Nápoles, quien informa que: -…“habiendo muerto el nono, se cumple con último deseo de ser enterrado en la Argentina, para lo cual, se encontró una única forma posible de concretar dicha aspiración, con del dolor de su inmediata familia por tomar una medida tan opuesta a su creencias religiosas, a pesar de lo cual y en contra de su fe cristiana se procedió a cremarlo y enviar las cenizas por encomienda.” Mónica Ivulich Derechos Reservados
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