viernes, 10 de enero de 2014

Mi doble




Tengo un doble
que duerme cuando estoy insomne
y la luna me enamora

Ese doble anda por el bosque,
mientras yo duermo,
pisando sobre mis huellas de espejismos

Tengo un doble que ,
en cuanto me distraigo,
corre a tu lado y te seduce... 
                   -2013-                                                   


miércoles, 8 de enero de 2014

La boda en arcoíris

De "CUENTOS DE COLORES"

3 - La boda en arcoíris

En mi viejo baulito de recuerdos encontré una foto, amarillenta ya, de aquella época en que todos queríamos ser originales. Las y los jóvenes queríamos ser o ‘Magas’ -al más puro estilo ‘cortaziano’- o ‘cronopios’ o Beatles o hippies.
Por eso, para sentirme diferente, y como amiga dilecta de la novia, me senté en las rodillas del novio y me recosté sobre ella para tomarnos una foto.
Era divertido romper esquemas y, de paso, la paciencia de los mayores. Sobre esa foto hubo augurios, algunos bastantes acertados, aunque no fue el único presagio en aquella noche poco convencional.
Cuando uno dice ‘boda religiosa’ todos piensan en el color blanco, blanco de azahares, blanco de tules… bueno, quedan algunos que piensan en la virginidad… cada vez menos. Y si se dice presentimiento se piensa automáticamente en algo negro, es automático.
Casi siempre es así, pero en este caso fue algo diferente, además de la ropa de los novios no había nada en blanco ni negro, más bien todos los pensamientos y presentimientos eran multicolores, casi un arcoíris.
Para empezar, hubo una sorpresa amarillo subido al ver que la novia entró a la iglesia descalza. ‘Malos pasos’ presagiaron las agoreras. Los comentarios violetas fueron de los ancianos: -“¿Dónde se habrá visto? siempre dando la nota… también la crianza que tiene, en fin, qué se podía esperar…”
En cambio, sus amigos, tuvimos pensamientos celestes y verde-manzana. Sí, sacarse
los zapatos y mostrar los pies nos parecía bucólico y francamente pastoril.
Por si fuera poco, era tan original que valía la pena soportar la ceremonia, aunque sea por presenciar esa entrada: la novia, caminando descalza y  partiéndose de risa de los chistes que le hacia el padre entre dientes, mientras ponía cara de digno padrino.
            Después llegaron los grises momentos pre-fiesta.
            Como siempre los invitados llegaron al lugar de reunión antes que los recién casados.
Y, por supuesto, los familiares escudriñaron los regalos y evaluaron: a- si el de ellos estaba a tono con los del resto, b- si se habían repetido y c- quien fue tacaño. Tal vez en ese u otro orden, quien sabe.
La madre de la novia estaba incómoda, fuera de lugar, en casa de los parientes de su esposo porque ella, hispánica de carácter corto, poco se podía vincular entre los grandilocuentes parientes legales, tan itálicos, de ademanes amplios y risa más que franca. Ella, estaba allí sintiéndose pequeñita entre ‘moles chillonas como molinos sin aceitar’ y riendo nerviosamente como si le hubieran pintado la sonrisa.
Por supuesto, se agruparon por apellidos, cuatro a saber, y el quinto grupo fue el nuestro, el de los inevitables amigos que repartían gestos amables, de compromiso, a los cuatro vientos… o grupos.
Y, lógicamente, se sucedieron los comentarios gris plomo de los tíos a los sobrinos, porque si eran solteros debían imitar a los recién casados y si eran casados computaban la cantidad de hijos y evaluaban en términos de “¿Qué esperan?” o “Paren, no se les vaya la mano que alimentar a la familia cada día es más difícil…” sin freno, cada vez más grises y plomazos.
Luego los comentarios verdes sobre la tardanza de los novios-esposos. Para salir del paso, la tía, anfitriona de turno, exhortó itálicamente a atacar con los bocadillos y ella misma dio inicio con una punta-muela inicial. Las copas se llenaron varias veces y otras tantas se vaciaron, ya sea en el estómago de los bebedores o en el mantel bordado a mano, que la tía en cuestión miraba con un ojo y con el otro y mefistofélica dulzura a los niños que corrían derribando todo o arrastrando en su pies trozos de carísimas masas.
Eso sí, el servicio de confitería era impecable y delicioso, pero ahora habría que despegar todo ese dulce, crema y maza de las alfombras, tan bien conservadas… “Ah, sí, ya no se pueden comprar de esta calidad, si es que existen…”
Los que estaban al tanto trataban de evitar un papelón, porque Juan después de la cuarta o quinta copa, en fin…
Otros atendían a la abuela que todavía caminaba y esto era asombroso y más aún era considerada una reliquia familiar y amorosa, digna de complacer en su mínima demanda: tan solo requería un oído atento a sus incoherencias. Y, en un principio, uno ponía su oreja y sentimientos rosas, hasta que se agotaban las esperanzas verdes de que se terminara la perorata larguísima y no siempre rosa, los pabellones auriculares se entumecían poco a poco junto con la buena voluntad y tomaban un color marrón subido, hasta llegar al “perdone abuela, tengo que ir al toilette…”  que ella no escuchaba por lo que seguía hablando a quien estuviera cerca.
Al fin llegaron los novios y los ‘¡vivas!’ de color naranja. Recomenzaron los brindis con flashes incluidos, todos bebieron como si fuera la primera copa, en realidad, era la primer copa que saldría fotografiada. Todos sonriendo, gracias a la cámara del fotógrafo, demasiado lento para que las sonrisas parecieran naturales. Hasta que los novios pudieran sentarse en un ‘al fin’ resignado, a seguir sonriendo frente a las distintas personas que ahora querían retratarse sentadas junto a ellos, por turno y con la mueca de rigor.
Según contabilizaban los parientes desde cuatro esquinas, solo faltaba un trámite a fotografiar: las cintas y la ovación para quien sacara el anillo. Sí, porque ligas no, por decreto feminista a pesar de los –“Increíble, ¡donde se ha visto!” y etcéteras tediosos de enumerar. Así que la música subió de volumen y todos los amigos pudimos acercarnos y hablar con la pareja, sin flashes y por fin.
También se pudieron vaciar las bandejas sin disimulo. Si fuera necesario, algunas gordas se sacarían los zapatos bajo la mesa y todo empezaría a parecer una fiesta propiamente dicha, es decir que primaron los rojos comentarios yendo y viniendo tornando al azul de los chistes que no podían ser muy verdes por los niños, que paseaban su grititos sobre la música y sobre la gorda que se sofocaba en escarlatas bufidos de sufrimiento por una obligada e inútil faja, todo en una armonía difícil de percibir.
Entonces, cuando nadie lo esperaba ya, llegó él.
Todo quedó suspendido por un instante. El arcoíris giro en cada pupila. La tensión se resolvió en saludos y sonrisas, pero él no podía ocultar su estremecimiento, su rictus simiesco, las manos traspiradas, transparentes… hizo bromas pesadas al saludar a cada conocido, pero esta vez sus bromas eran hachazos que todos perdonaban y, para él, eso era lo peor. Se le afilaron los rasgos, de por sí ya aguzados. Se detenía en cada grupo o persona, un vía crucis infinito hasta llegar a la pareja.
Dio tiempo para que se levantara un murmullo como un zumbido morado que le llegaba por el hombro derecho y se le anidaba en la nuca. Algunos empezaron a devolver sus agresiones veladas, otros optaron por ignorarlo, los menos aguantaron el cimbronazo de su emoción violácea, y algún comedido pretendió  calmarlo alcanzándole una copa de
champagne. La copa bailaba  en su mano ahora azulina. Mientras, era inevitable llegar al asiento de la pareja, ocupada en saludar otros invitados. Trató de tomar pequeños sorbos, pero no podía tragar ni las burbujas. Llegó casi de espaldas como distraído y fue un momento fuera de momento…
No veía aun la cara feliz del novio y ni la cara casi inocente, más bien distraída de la novia, pero pudo ver la expresión de los demás invitados, amigos parientes, colados… a su favor o en contra, todos significando lo mismo. Entonces cayó en cuenta y no pudo soportar el verse en cientos de pequeños espejos. Prefirió girar sobre sus talones y enfrentar a los novios, seguramente más generosos estrenando una nueva felicidad. Pero su giro fue demasiado torpe y el champan salto súbitamente sobre el vestido de la novia.
Tías y madres corrieron a secar el oprobio. La novia lo calmaba en un consuelo amarillo. El novio lo palmeó en un rápido “¿Qué tal, cómo estas?” y volvió a hablar con otros amigos. Los demás, sin saber qué hacer, se turnaron para devolverle las bromas estilo hachazos. Quiso que las alfombras se lo tragaran, pero, la novia lo detuvo con complaciente: “No te preocupes no es nada, ya pasó.” Y se quedó frente a ella, ojos perro de agua, orejas bordo, cabellos celestes…
Y no faltó quien murmure ese otro presagio en algún oído cercano: “Es nefasto, esa mancha tiene más de un color, no podrán lavarla jamás. Y no hablo del vestido.”
En definitiva, viendo esta foto después de tantos años… pienso que tal vez debió entrar calzada a la iglesia. Ser una convencional señora de clase media da más seguridad… aunque, con el tiempo lo habrá logrado. 
O seguirá descalza.

                    Mónica Ivulich -d.r.-1970

domingo, 5 de enero de 2014

Mi vida en un verso


Tengo tu piel memorizada
En mi boca y mis palmas,
Las venas de tu cuello
inflándose entre mis labios,
mientras morimos…
de caricias premeditadas.

 


Has vuelto, como cada vez,
abriendo mi camisa
humedeciendo mi pecho
con tu soneto urgente     



Te entrego mi piel
mi vida en un verso
mi canto, mi ser.

Me regalas tu mundo
en un cofre de cristal
que llaman beso.


                                Mónica Ivulich, d.r.

sábado, 4 de enero de 2014

PALIDO

De: RELATOS  de COLORES


2 - Pálido casi marchito

Pasan los minutos, espero el ascensor, demora, el ascensor me elevará por un negro túnel vertical… llevo flores al departamento que acabo de decorar, quizás para este día. Quiero llegar ya al sexto piso y mi ansiedad hace que cada minuto se prolongue más y más.
Aun nada  vive en ese recinto, está casi vacío, vacío de ilusión, de color…  Introduciré la llave y recorreré el living con un único sillón y penumbras, sombras desconocidas, frías y densas.
Si, abriré las ventanas porque aunque entre viento frio, al departamento sin estrenar, no me molesta, será como un soplo diferente, si no es vital al menos será fresco. En realidad ya nada me interesa demasiado. En todo caso podré encender el televisor, con sus programas tontos con su música rústica y primitivamente evolucionada, paralíticamente agitada…

Esperaré…
El ascensor está, por fin frente a mí, me aguarda, su luz tísica llega débil a mi rostro. Antes, hace mucho, me sentaba en los escalones de mi piso, solo para verlo subir y descender vacío o con mujeres cotorreando o con parejas, como si fuera un escaparate móvil, o una gran caja de sorpresas.
Ahora está frente a mí y me introduzco en él, con temor o aprensión, si, es mi caja… ya las sorpresas se me han desvanecido con la adolescencia… o ¿no?
El espejo se burla de las manchas que suben a mis ojos, de mi pálida expresión, se ríe de mis cabellos, casi desordenados por el viento irónico, de mis flores que ya no lucen frescas…

-“¡Ascensor! ¡Ascensor!”
La voz llega lejana y aguda desde un piso superior, me he detenido con la puerta abierta, debo cerrarla finalmente y dejarme llevar como si fuera una masa inerte… arriba, flotar sobre el suelo que se mueve vibra, asciende.
Mis cabellos empiezan a ordenarse, me recuesto de espaldas a la imagen de mi espalda y arreglo el celofán que envuelve las flores, unas flores súbitamente marchitas casi, sin explicación, y comienzan a desvanecerse en mis manos, sus pétalos caen como lágrimas imposibles de detener antes de llegar al suelo. No entiendo lo que está pasando, ¿es que transcurrió más tiempo del que creo bajo mis párpados? ¿Cuánto dura un pensamiento: una ráfaga de tiempo o un siglo?
La angustia anida en mi pecho, me constriñe, me penetra escalando por mi garganta y cayendo desde mis ojos, como los pétalos… esos pétalos que nacieron rojos y han empalidecido, los he apresado contra mí y ahora yacen en el suelo, mis pupilas inundadas me dejan entrever otros ojos que miran con asombro. No me había percatado de su presencia, el ascensor detenido permitió que entrara y puedo ver su estupor detrás de las gafas, las líneas de su frente bajo las canas y el pañuelo que intenta cubrirlas.
Yo no puedo cubrir mis lágrimas a tiempo, solo aprieto el botón para llegar a mi piso y saltar, liberarme de esa caja que me esclaviza y de la mirada absorta de la mujer entrometida, y su curiosidad, cuyos pensamientos presiento.
Llego, por fin a mi puerta. El maquillaje se ha corrido y largas manchas rasgan mis mejillas sin motivo ni razón, debo apresurarme pues escucho que el envase de humanos vuelve a funcionar y está llegando a mi piso, tal vez con otra vieja indiscreta.
Busco mis llaves entre papeles, cosméticos y mil tonteras acumuladas con incoherencia  que se amontonan  cubriendo el maldito llavero, aunque todo es maldito bajo mi mirada… ¡las llaves!!! ¡Las llaves!!! Transpiro y las llaves se niegan a encontrar mis dedos…. Hasta que suenan y las atrapo. Las sujeto con fuerza y tiemblan en mis manos, busco la indicada y tardo en introducirla en la cerradura, estoy nerviosa, trato de ser suave pero la aprieto con saña, con asco en los dientes… escucho crujir las vísceras metálicas del cerrojo, molesto por la presión, ya liberé la madera de su estática posición, donde la encuadra el tirano marco enhiesto.

 Todo previsto y calculado, excepto que las flores se siguen desmenuzando como si mi desilusión, mi desencanto, las ahogara… ya nada las revivirá, todo es inútil… claro esta que todo es inútil entre mis manos.
Enciendo el televisor, abro la ventana: el aire helado me arroja con furia las cortinas suaves, las cortinas como blancas manos que me acarician y envuelven, me asomo… solo debo esperar. El aire enrarecido de la ciudad en un viento desesperado no me deja respirar.

Un automóvil se acerca, los faros rompen la oscuridad de la noche húmeda y fría, ilumina el viento con hollines nocturnos. El coche se detiene, es el que esperaba… sé quién bajará… sé que desea ascender por esa trepadora caja casi mortuoria y debo evitarlo… ¡debo!
 Él es mi solución económica de vida, él es quien me quiere proteger… él es el remplazo de quien me abandonara sin piedad. También es quien me condena y me marca el fracaso, quien me convierte –sin querer- en un ser marchito y sin ilusión.
Algo ha caído al suelo sobresaltándome con su estrépito, es el jarrón con las flores que, casi por completo, se han desintegrado en mil pétalos y el agua límpida se mezcla con la porcelana, con el suelo de madera negra, con la alfombra, con las lágrimas de pétalos casi parduzcos, casi muertos, tan pálidos…
Vuelvo a mirar el automóvil y las luces intermitentes que no paran de llamar, exasperante, mi mirada se detiene en los faros y sus interrumpidas señales de luces.
El cortinado se agita, él aguarda, aparto las macetas que adornan la ventana y me encaramo sobre ella, tomo el extremo de la cortina, la señal es hacerla flamear fuera del marco para indicarle que suba…
Sujeto fuertemente el cortinaje que me va a envolver empujado por el viento empecinado, la dócil cortina que rasgando el aire, revelándose al viento, huyendo de todo me seguirá en el vértigo de la caída, como una estela en el último intento por llegar a las estrellas.
…
Las flores recobran su color… pero el suelo y la alfombra han quedado manchados, casi sucios, tristes, casi redimidos.


Mónica Ivulich, d.r.



                                                                                                                 1969

jueves, 2 de enero de 2014

Que te mire así

No te sorprendas que te mire así.
Fuiste la persona incorrecta y lo sigues siendo.
Nos dejamos por no tolerarnos, por sin razones y por razones aleatorias…
No te olvido porque tu trato me llenaba de emoción aunque no fuera el mejor; tus defectos eran los motivos más irrazonables para amarte.
O es acaso que ¿el amor ha sido lógico en alguna época de nuestra historia?
No nos veremos, estaremos lejos, pero tu amor quema en mi pecho desde el momento que tu nombre aparece en mi mente o en mis labios.
Ver tu foto me trae tu aroma y tu voz…
Y estar contigo duele tanto como quema tu ausencia.

No te sorprendas que te mire… así…