sábado, 14 de diciembre de 2013

RELATOS DE COLORES: 1 – Dorado



En 1968 escribi algunos relatos que di en llamar:
RELATOS DE COLORES

1 – Dorado

Se paseaba el sol por los hermosos parques de  Palermo, en Buenos Aires, era un sol de otoño, cálido y dorado que bruñía el aire y la piel de los árboles, confundiéndose en el color de las hojas crujientes de abril.
Caminaba sin pensar en nada  en particular, sola, sin soledad, avanzaba tomando el cuello de mi abrigo para sentir calor en las orejas. Como explicar que esta soledad está poblada de gratas ausencias y que todo es perfecto así, que no debería cambiarse, solo regodearse en el ella.
Palermo, día lunes, solitaria, desando soledad. Todo era perfecto.
Palermo, día lunes, recuerdos bailoteando al viento tras las hojas crepitantes, cimbrando en las sombras casi chinescas, de las hojas al caer.
Tomar un café, dar vueltas al pocillo de tu propia vida, endulzándola con un terrón de soledad.
Y allí comenzar lo insospechado. Porque un café muchas veces trae lo inusual, aunque lo que de rutina sea tomar un café… pero he aquí que tú, joven con ideas propias, que no quieres ser costumbrista… tomas café como tradición inalterable.
 Está bien, se acepta que el café es diferente… el café no es solo un líquido oscuro que quita la sed o te caldea por dentro, sino que además te calienta de una forma indeciblemente amigable. Es la mano algodonada que suaviza una discusión, que pone el acento de alegría de un encuentro y trae recuerdos cuando uno tiene el lunes desocupado, como quien le pega un faltazo a la vida.
Y así estaba yo… en un sinfín de minutos, en una llanura de soles y lunas, en una hipersensibilidad de ojos apáticos, de danza de hojas doradas, de inercia moviendo mis pies hacia aquel café, cuando todo lo visto por primera vez es conocido.
Pero, en toda esta calma alguna ansiedad se filtraba por mi piel, algo contradictorio latía en mi interior, algo que me anunciaba con voz de caracol un ‘no sé qué’ destructor de mi armonía, poseedor de mis sentidos.
El café se hacía esperar, como siempre, aunque debería ser diferente un día lunes, pues casi no hay clientes… aun así, el mozo no asoma, todo el lugar parece tocado por el hechizo de la Bella Durmiente, como si el sopor se hubiese instalado en todos los cuerpos que deambulan en esta mañana de lunes por Palermo…

El largo estornudo de la máquina  exprés me anima y ya imagino llegar al impecable mesero con mi taza de café doble y pintorescos cuadraditos de azúcar, anticipo su olor y hasta me dan unos deseos terribles de pedir medialunas, incluso sin hambre… o ¿me bastará el calentarme las manos en su taza y dejar que su calor me inunde de a poquito, con pequeños sorbos…?
Veo por la ventana pasar los perros altivos con sus correas elegantes llevando a la rastra amos que corren con paso de ganso, mientras toda mi saliva se torna con sabor a café. Miro al mesero que me hace señal de que ya viene.
Mi ansiedad empieza desintegrar el clima bucólico y solitario de este lunes en puntos suspensivos. Tanto esperar  un día de paz y ahora, que casi lo consigo, esta expectativa fastidiosa, por lo larga, amenaza con volverme al estrés diario. Un rayo dorado de sol me llega directo a los ojos, me seco alguna lágrima.
Al fin, escucho los pasos del mesero y me sereno, lo miro agradecida… hasta que ¡oh sorpresa! El muy despistado no viene con mi café, trae una botellita de una gaseosa que detesto.
Y esta es toda la explicación señor comisario el resto ya lo sabe usted.

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