viernes, 27 de diciembre de 2013

El poncho


 
Tras la entrega de diplomas y, todavía embriagados de cantos alusivos, nos reunimos en el ‘boliche’ de enfrente; por lo bajo convinieron que “ni palabra a la gordi.”
Justo a la gorda, madre adoptiva de todo el grupo, justo a ella que no se escapaba ni un suspiro (y, menos, los suspiros); pero, por esta vez, confabulación en marcha, quedó fuera de la ronda de gaseosas y opiniones sobre como festejarle “dignamente” su orondo cumple.
A la vez, queríamos matar un segundo pájaro con la misma fiesta y despedir el año, la secundaria, los delantales y, sobretodo, al conjunto folklórico del establecimiento, cuando nos fuéramos no habría nadie que lo continuara.
Este conjunto folklórico era nuestro orgullo porque lo habíamos formado voluntariamente y de forma independiente, sin profesores de por medio; también lo era para nuestra escuela, ya que fue el único en representarla en televisión.
El asunto que nos ocupaba ahora era hacer una buena fiesta de broche final:
-“Que sea con empanadas y vino, de un grupo autóctono no cabe otra.”
-“Claro, las mujercitas al repulgue y la cocina y los zánganos botellita en mano… ¡Ja! ¡No cabe otra!”
-“¡Ufa con las niñas! Linda generación de madres nos espera, como si alguna de ellas pudiera descorchar una botella de vino”
-“Para eso los compramos con tapita a rosca, cielo.”
-“Hablo de buen vino, preciosa, no de kerosene.”
-“Bueno, paren, yo creo que lo mejor es que cada uno lleve lo que se le antoje, porque yo tomo litros de gaseosas y no puedo ni oler el vino.”
Fue Silvia la que terminó la discusión con esta protesta pecosa y su sonrisa de revista femenina de la década del 50.
Y, sin mas, nos descolgamos en casa de la mamina grupal que nos esperaba con torta, sidra y la sorpresa de no sorprenderse pero, si feliz de vernos y más aun con la serenata dedicada por los solistas del conjunto que abrió la ultima parranda de ese grupo que se unía folklóricamente con la música, las anécdotas, la juventud y las ilusiones, ahora en franca despedida, cambio de vida y entonces: la etcétera obvia de coma-chupe-charla-canciones-risas-juegos-baile-discos-él…
                                     …él, tan arábigo, tan sentado a-mi-lado, con sus manos ovillando las mías y recordándome aquel paseo por la isla, meses atrás, con toda la estudiantina… y aquella caricia de su-mano-en-mi-vientre-noche después de una mañana deportiva y una tarde de patada ridícula en mi canilla de mujer-jugando-football contra varón absurdamente con zapatos, tan duros bajo el sol estrellando el agua oscura de ese río ya oscuro, casi negro
    …negrísimo en la noche con su caricia-en-mi-vientre-sobre la lancha después del partido y el asado criollísimo, carne argentina, caraj…: -“no, no, esta carne la traen de Uruguay, ¿sabe…?” -“…es lo mismo amigo, lo mismo”; luego la caminata digerir la carne, vino y fruta isleña, chiquita pero sabrosa, charlando sobre lo que leímos, escribimos, el surrealismo, los sueños, viajes y su-mano-en-mi-vientre-noche
                                                                                               …aquella noche sobre la lancha llena de guitarras-grillos y voces-sapos cancioneros; después de los mates y torta-fritas, los juegos con prendas algo sado-masoquistas y propiciatorias de “ambiente”, sensualidades y otros temas con gusto a la caricia de su mano en mi vientre aquella noche en que en que el cielo  y el río era un solo telón a nuestro rededor,
                                                                                           …sobre la lancha adornada de grillos y risas esfumadas en aquel… mi primer beso, desvirgue oral con su lengua áspera para mi sorpresa y mi placer; tela-araña magnífica tejida por nuestra baba pegajosa para nuestra sorpresa y nuestro placer.
  Placer suspendido, congelado y último, (desde abril de ese mismo año que ahora estaba por terminar) porque su trabajo-estudio-raye y mis exámenes-timidez-contradicciones y mil etcéteras  o millones y… ahora, vibrando, los dos sentados, él en la arista de mi vértigo como esperando, como con temor, como si pero sabiendo que no…
                                …que no sabiendo que hacer con esa sensualidad recién parida y desbordaba, se derramaba desde poros desconocidos, burbujeaba en mi boca, mis dedos implacables aunque cigarrillos-sidra-baile
          …bailamos en el jardín, tratando de no pisar flores, apretándonos como si los canteros nos dejaran poco espacio, mientras los vecinos aburridos se removían bajo las sábanas rezongonas que ‘éstas no son horas’. Y la brisa fresca de la madrugada se llenó de rocío plateado que enfriaba primero los cabellos y nos seguía por los brazos de féminas, entonces “ellos” comprensivos de nuestra desnudez de soleras-antes-de-tiempo protegieron nuestras ropas de moda caprichosa, con sus ponchos serenateros, que en un grupo telúrico no cabe otra, y continuamos algo mas achinadas, cansadas y con abrigo de la mantas camperas.
Cuando ellos también sintieron frío, a través de la camisa, extendieron el poncho-dos-plazas pasando ambas cabezas por la única abertura y cada pareja se convirtió en una símil-carpa a cuatro patas, ahora más apretados sin que los canteros se movieran de su lugar.
Cuando se calló la música, sentí como una humedad tibia que me magnetizaba desde los hombros a los tobillos y no me podían desprender de su humedad tibia fascinada…
               …con su mano-en-mi-vientre-noche-de-cielo-frío…
La cháchara de los demás se hizo una cascada disonante, ajena a nuestra armonía de poros encantados, y caminamos en el automatismo propio de esa, mi primer calentura total, salimos a la calle-noche, bajo una viscosidad de poncho y perfume a jazmín, hablando-des-hablando y encontrando el primer punto concreto de apoyo a esta bruma de sensaciones: estudiaríamos en la misma universidad y sonreímos a un futuro y un presente con abrazo de poncho y zaguán anónimo tipo novela barata que sucedía al sur y mas allá por todos los barrios me hurgaba su lengua, las manos tomando el camino de cintura hacia las flores, capullos prontos a madurar…
Las sombras quedaron suspendidas, mi inteligencia entumecida bajo su piel que, en suave tiranía, se apoderaba de cada rendija por donde podía iniciar un pensamiento y lo transformaba en fantasías sensuales con su remolino de manos deshaciendo mis casi-no, enredando mis pelos con mi entendimiento que giraba junto con la noche-calle-río-poros-latidos de mi piel-nalgas-vientre bajo un poncho enroscado en ropas ya fuera de lugar, botones saltados,  piernas hábilmente trabadas por bragas hechas un lío, brazos serpeando por canales del placer con cinco cabezas que buscan, en el mapa anatómico, el lugar estratégico marcando con la “X” genital, mientras la lengua no dejaría de hurgar intricados huecos sensuales, envolviendo y capturando los suspiros derramados por mis orejas, encías, cuello, pechos… donde se derretían mis últimos y pequeños ‘noes’ y sólo atinaba a bosquejar mentalmente la pregunta infantil de cómo es que ese bulto aun no se abría paso entre los botones-rejas, saliendo de su celda-slip, pero mi pregunta se diluyó cuando la tensión llegó al máximo y doblegó las neuronas ante la dictadura dulce que ejerció sobre mi clítoris (que merece un apelativo mas dulce, en fin).
Una vez alcanzada mi torre de control inevitablemente se abrió el poro maestro y ya nos integramos en una pegajosidad de dos cuerpos-ponchos, con mi voluntad resbalando sobre su cuerpo salado y moreno, ostentoso en un sexo que bebe la primer fiebre del mío, vientre asombrado, clítoris excitado donde comenzaron a girar rayos lumínicos, noches desveladas en borrachera de sensaciones en el zaguán dilatándose, arqueándose mientras su piel transforma mis regiones desérticas en hospitalarias, abriendo brechas heroicas, hacia el polo inferior de mi éxtasis y aplicando electrodos sobre remolinos de pelos y ropa y baba que parecía mentira tanto en tan poco poncho…
Y claro, en ese tremedal era difícil no caer al suelo blandamente, sobre todo cuando él empezó a separarme las rodillas que seguían torpemente juntas, perdón es que… y si, el camino se aclaró pero primero debió bordear el cráter angosto y tibio, puerta del canal ignoto y prometedor como el cuerno de la abundancia, entonces ascender súbitamente hacia la meta final… con una valla inesperada y sorpresiva que, por desprevenido, le hizo detenerse y resbalar en retroceso porque esa barrera no es solo de piel sino de prejuicios y miedos ancestrales, entonces, su propio sexo, anhelante de caminos húmedos, enmarañado en bellos mutuos quien asumió el bochorno de sentirse atrapado, alejado de su voluntad y el asombro lo congeló…
Los minutos vuelven al reloj, su lengua resbala desde mi garganta, las pieles toman nota del sudor ajeno, los ojos se abren al zaguán tenebroso, a la dureza del piso, a la flacidez de su falo arrepentido, defraudado, a las arrugas en la ropa y él con esa tontería de pregunta “pero, entonces, vos …¿nunca antes…?”
                                                            Nunca antes… cayéndonos los dos como títeres a los que súbitamente cortaron los hilos y quedan ridículamente articulados buscando el lugar de cada ropa y botón, sin hallar nada más que la torpeza y mucho menos la respuesta a esta vergüenza mutua de que el músculo duerma y la intención descanse en una melaza casi tanguera de desazón y de absurdo de no querer saber más que de botones propios y de alejarnos cada uno a su rincón dentro de aquel poncho sin vigencia ahora  transformado en un “bonete de asno” en el aula equivocada, cerrada por fin de curso.
 
                                      Mónica Ivulich, 1969, d.r.

jueves, 19 de diciembre de 2013

El diario de Nohemí





   Después de aquellos años de tormenta política, la vida empezaba a tomar cursos diferentes. La dictadura nos había cambiado a muchos. A otros los habían borrado del mapa en situaciones dolorosas para las familias, el país y, especialmente, para los que creímos en la democracia y la libertad de expresión.
   Un día de verano, me encontré frente a la casa de Nohemí. Amiga del secundario, desaparecida…
   Allí, muy oronda sobre el timbre, me observaba la Duda. De este lado me empujaban esas redes inexplicables del pasado. Del otro, me miraba mi propio Desafío…
   Se abrió la puerta sin que yo tuviera mucha conciencia de haber superado la irresolución de tocar o no el timbre. No había más remedio que resbalar por un túnel de diez años y saludar a la madre de Nohemí con su cara de sorpresa y dolor consuetudinario, heroína de una novela escrita y reescrita a diario.
    Ya no tenía tiempo de preguntarme qué clase de masoquismo me llevó a  sentarme frente a un mate y dos caras de víctimas que no dejaban de hablar ni permitían una mínima interrupción, pregunta o comentario. Desde el saludo tomaron el uso de la palabra e hicieron abuso de ella hasta que me fui, supongo –sin maldad- que: aun después de que partiera….
   Por cierto, pienso que ya se estaba diciendo todo aquello antes de que yo entrara y que mi irrupción fue un evento sin importancia incluido en el eterno monologar de aquellas mujeres que parecían cargar con la sagrada misión de repetir una historia hasta que todos se convencieran de su realidad.
   Aquel rollo itinerante del discurso, plagado de ‘diosmios’ y autocompasión, se detuvo un momento, para entregarme, en forma de estocada, el diario de Nohemí. Fue entonces cuando, el vértigo se me anudó en el estómago. Apareció, triunfante, mi figura de quince años junto a cientos de delantales blancos, de aquellos que usábamos y siguen usando los estudiantes de magisterio en Argentina.
   Con su estilo pueril, Nohemí me devolvía parte de aquella muchachita que enfrentaba los días deshojando encuentros y soledades de adolescente. Es más, había logrado retratar a grandes trazos aquella década de los 60 con sus hippies, las rupturas de moldes y esquemas de padres y profesores, el poder de lo creativo y nuestra osadía de querernos nosotros mismos sin sentir culpa por ser como éramos o sentir como lo hacíamos.
   Allí, en esa foto amarillenta, estaba Nohemí, cantando en el coro, su sonrisa y su voz tan característica sonaron en mi memoria. Luego otra foto, idéntica a la que guardo en mi álbum, mostrando el conjunto folklórico donde nos hicimos amigas, donde ella se enamoró de Javier y yo me frustré con Andrés.
   En el último año del Secundario, yo dirigía un periódico donde ella publicó solo un poema, la escritura no era su fuerte, pero nos impresionó la cuota de borrasca que había en ese pequeño escrito poético. Puesta a pensar en la muerte se le borraba la sonrisa que parecía eterna en sus rasgos. También aportó dibujos, esquemas, caricaturas. Esto era su vocación. Cada amiga de Nohemí, tenía las libretas de apuntes ilustradas por ella, con o sin permiso.
   Recuerdo que en Nohemí había una sorprendente mezcla de timidez y audacia, eran clásicas sus pequeñas intervenciones cuando una discusión se ponía caótica, ella asomaba sus pecas por debajo del ala de Javier o por encima de su carpeta de dibujos y serenamente comenzaba con “esperen un poquito…” los contrincantes de turno se tomaban un minuto de tregua y tras escuchar un razonamiento tan sencillo como lógico, se les congelaban los argumentos y llegaban a un acuerdo.
   Mirta era su hermana mayor, tan opuesta a Nohemí, que siendo rubia parecía opaca, cuando Nohemí irradiaba luz desde sus negros cabellos. En Mirta era clásico que siempre recibía a una yéndose. Si estaba la madre presente ambas parecían muñecas mecánicas reaccionando, con el mismo gesto o palabra, al unísono.
   En su diario, Nohemí explica su alejamiento de ambas: la madre destilaba su odio
siempre, pero, en especial con su yerno, bastante remiso para trabajar y darle nietos, “ese zángano” lo llamaba. Nohemí tampoco amaba a su cuñado, sin embargo no soportaba los insultos de la madre ni el silencio de la hermana. Por eso enfrentaba a las dos. -‘Ocúpate de tu marido’ le decía a la matrona, -“no compares a tu padre con ese zángano” contestaba ella.
   A veces, mi amiga contraatacaba: -“en algo se parecen: ambos soportan a una cotorra propia y a una pariente cotorra…” antes de terminar se atajaba un bofetón y se marchaba con sus dibujos a otra parte.
   Flashes de esa época me recuerdan a una Nohemí preocupada por su futuro; con un atuendo deportivo, que no dejaba de lado detalles femeninos, la encontré dibujando sentada bajo los naranjos del jardín, sus dos gatitos le desataban los cordones de los zapatos estilo sport. A un costado de su sonrisa ausente, los dibujos esbozados a lápiz o carbón, la radio le fabricaba un campo aislante, si fuera al atardecer se completaría el cuadro bucólico, pero era la hora de la siesta y hacía mucho calor. Me acerqué en silencio, abandonando un ‘que tal’ vacío frente a su mirada introspectiva.
   Pasó un lapso como suspendido entre su contemplación y la mía, hasta que hiciera una mueca y le hablara a su propio fantasma de pajarito sin plumas: -“no iré a estudiar a Bellas Artes, ahí solo van ‘los drogadictos, los maricas y las putas’, lo dijo Ella, palabra santa.” Como quien cierra una lápida depreciada, cerró su carpeta.
   Después del verano nos vimos muy poco, en marzo yo comencé en la Facultad y ella a trabajar de maestra, gracias a las gestiones de su señora mama, la de ‘la palabra santa’.
   Por aquellos días nos escribíamos largas cartas, es decir: yo las escribía y ella las dibujaba, Además, amigas mutuas e interpósitas vecinas, las noticias iban y venían: Nohemí rompió con Javier, Nohemí estudia para maestra de Jardín Infantes… etc. etc… Pero, año a año las voces se fueron perdiendo en la máquina del trague-escupa-aísle consumiblemente y, paulatinamente, las ausencias, los distanciamientos, empezaron a matizarse con marchas que ensordecían antiguas sensibilidades. El terror nos dolió y nos fue desconectando en este país al sur de la vida.
  Gracias a las ‘Juntas militares’ todopoderosas, nadie podía más que vivir en sombras y asustándose de las sombras, los que teníamos suerte, los otros eran ‘chupados’.
   A pesar de todo, Nohemí vivió un romance con Roberto, a quien pude conocer gracias a este diario que leía entre mates que Mirta me alargaba después de limpiar la bombilla y con un murmullo de –“no ves, no ves, siempre cabecita fresca y ese ‘novio’ tan… ‘dios mío’, ‘dios mío’…”
   Roberto y Nohemí se conocieron en una de esas fiestas aburridas donde no se espera mucho de los demás ni se da nada de sí mismo. Fueron sus miradas, errantes por las molduras del techo, las que se entendieron desde el primer momento, luego los gestos impensados coincidieron y, paulatinamente, la comunicación fue total.
   Él llegó acompañándola, hasta la puerta de la casa y se despidieron mil veces antes de que la madre de Nohemí, cansada de su vigilancia a través del mosquitero, anunciara que estaba amaneciendo.
   Desde entonces, todos los momentos libres fueron llenados de Beto para Nohemí y de Mimí para Roberto.
   Habían pasado seis meses de aquel amanecer frente a la casa de ella, cuando Roberto fue a buscarla más temprano a la escuela donde trabajaba Nohemí. Se le notaba la impaciencia. Ella no tuvo tiempo ni de cambiar su vestimenta, con el guardapolvo de maestra jardinera, salió de la mano de un Roberto excitado y feliz. Caminaban sin hablar.
   Ella le giraba saltando alrededor, hacía morisquetas y preguntaba inútilmente, se frenaba caprichosa, él sonreía y la empujaba en un ‘ya verás’ inapelable, seguía caminando erguido como siguiendo un punto fijo que solo él veía y enarbolaba su sonrisa de placidez feroz.
   Subieron por una escalera que mi amiga desconocía, él no quiso esperar el ascensor y al llegar al tercer piso empuñó, triunfal, una llave reluciente. Abriendo la puerta se veía un gran moño de regalo con un cartelito que decía “Sorpresa”. 
   Nohemí abría los ojos desmedidamente, las preguntas se le coagularon, quiso retroceder, él beso sus cabellos, sus manos y le señaló las flores sobre una pequeña mesa, único mueble en toda la vivienda, tenía una tarjeta rezaba: “A seis meses de armonía en común.”
   -“Ayer lo alquilé, así es que aún no pude hacer nada más que limpiar todo y enchufar la heladera, pero…”- y sacó en un abracadabra comida china del horno y cerveza de la heladera- “tendremos que sentarnos en el suelo por ahora, ya compraremos lo demás, ¿no? Ya sé, no me mires así, te mueres de miedo… de tus viejos, de que te baje la braguita, de independizarte, afrontar al mundo… pero ya vas a ver como desaparece ese miedo a medida que se llene el departamento. Es más no quiero que digas nada hasta que esté todo listo, empapelado, amueblado, ah! y no quiero un solo cuadro que no sea tuyo quiero que llenes las paredes, hasta de la cocina y del baño, no, ¡no te rías…! va en serio.”
   No pudieron evitarlo, las risas los sacudieron a los dos y se atoraron y se quemaron los dedos con los fideos chinos y explotaron de felicidad al descubrirse dos nuevos seres, Adán y Eva frente a la manzana de la emancipación.
   Entonces sus horas libres fueron dedicadas al departamento que se iba transformando en hogar, gracias a las bibliotecas, plantas, cortinas… Nohemí rezongaba: -“lindo regalo me hiciste, ya no tomo sol, ni voy al cine, ni…”
   Ella conocía la respuesta: -“ya tendrás sol y vivirás tu propia película.” Por eso, cuando él se asomaba con la brocha o el martillo en la mano y le guiñaba un ojo ella sonreía y decía bajito: “hombres…”
   Lo último en llegar al departamento fue el dormitorio, Nohemí comenta en su diario, que le pareció diferente del que había elegido en la mueblería: -“Es que… -dijo ella- esa cama es más… más…”
-“Más ¿qué?” preguntó él con ternura y paciencia. Ella rió, se dio cuenta que él se dio cuenta y, dándole la espalda, concluyó: -“Más cama!” y un escalofrío se le instaló en la columna. Roberto le acarició los omoplatos riendo y, poniendo voz grave, dijo: -“Para comerte mejor…” Ella le pegó con el rollo de papel que tenía en la mano, estuvieron persiguiéndose infantilmente por las habitaciones, voltearon sillas, rieron, se arrojaron almohadones, se pellizcaron… el gruñó como un lobo, ella chilló mitad sirena, mitad caperucita. Los vecinos golpearon la pared y eso les provocó tanta risa agitada que se ahogaron en carcajadas. Salieron abrazados a comer el cucurucho más grande de alguna heladería perdida en la ciudad.
   Aquel fin de semana, Nohemí anuncio que lo pasaría en casa de una amiga, desde entonces, los fines de semana se extendían cada vez más en casa de aquella ‘amiga anónima’.
   El aire empezó a cortarse con navaja cuando se entraba en casa de la familia de Nohemí, y esto la decidía a irse más tiempo con Roberto.
   Mientras, las respectivas madres se ‘comunicaron’ entre sí, se sacaron chispas y establecieron un odio recíproco como, desde hace siglos, lo vienen haciendo tantos ‘capuletos y montescos’.
   Cuando la mamá de mi amiga verificó que en el closet de ésta ya casi no había ropa, tuvo la prueba de aquella deshonra familiar. Su furia se agigantaba momento a momento y la desparramaba en un parloteo infernal que el marido no entendía ni escuchaba, pero asentía rítmicamente con la cabeza mientras leía el diario. Mirta aparecía de vez en cuando para decir un “pero mamá” súper inútil y volvía a su continuo fregar lo fregado. El yerno suspiraba y hasta se sentía aliviado, por un tiempo dejaría de ser el blanco de aquel pajarraco desesperado, que ahora tenía otro objetivo en su mira.
   Un día después llegó  Nohemí cargando carpetas y libros; la casa le pareció extrañamente vacía y silenciosa, todos habían encontrado que hacer un segundo antes que ella pasara la puerta.
De la nada, apareció entonces la madre que pudo verle los ojos y allí estaba claramente pintado  el ‘pecado’. Nohemí la vio avanzar en medio de contorsiones, casi desmayándose, irguiéndose entre llamas, insultándola… pensó que, a veces, la felicidad ajena es agraviante. En medio de este pensamiento recibió una bofetada tan sonora que, Mirta, al entrar por la puerta trasera, pensó que algo se había roto y fue a verificarlo.
   Y si, desde atrás de la cortina que la ocultaba, vio la sonrisa de su hermana hecha trizas y en su frente una grieta de humo.
  La madre giró sobre sus talones y, no pudiendo soportar la mirada desoladora de  Nohemí, se acuarteló en su dormitorio, no sin gemir el infortunio de ser madre de una desagradecida e indecente mujer… Esta última palabra despertó a  Nohemí de su abstracción momentánea…” mujer”…
   Mirta salió desde su parapeto y vio a su frágil hermanita agigantada en la impotencia. La sentó y la acarició como no lo había hecho jamás, le acomodó los mechones desarreglados y le apretó las manos: -“¿Eres feliz con él?” Nohemí sonrió y dejó escapar lágrimas sin saber si estaban dedicadas al rencor por su madre, a la pérdida de  su posición de hija sobreprotegida, a la compasión que sentía por todos y por ella misma….
Apenas dijo:-“por supuesto que soy feliz.” y algo se le enroscó por dentro en la garganta, pero volvió a sonreír. Mirta se había agachado a su lado, le palmeó la rodilla y corrió a calmar a su madre, próxima al soponcio.
   Nohemí abrió un bolso que tenía a mano, metió libros, ropas, discos, muñecos y se fue, dejando una esquela con su nuevo domicilio y una invitación en tono formal para que los visitaran, a ella y a Roberto.
   Mi amiga no volvió a la casa de sus familiares hasta meses después, en las vísperas de Navidad. Fue bien recibida ya que todos, excepto la madre, habían visitado a la pareja, claro que cada uno había ido a escondidas y pensando que era el único. La visita no duró mucho, lo suficiente para que se los invitara a ella y Roberto para comer en  Año Nuevo, como si se tratara de parientes lejanos.
   Los problemas empezaron tiempo después, porque hablando la gente comprende que las fisuras que los separan son abismos: La madre pensaba que la mancha que habían esparcido sobre la reputación familiar podría ser ‘lavada’ con un ‘casamiento serio y una vida juiciosa’, a lo cual la pareja contestó un solemne, tajante y definitivo NO.
   “Insoportable” gritaba la madre de Nohemí, “insoportable que uno quiera darles todo y ellos hagan tantas idioteces, pervertidos, los jóvenes los padres de él, todos y claro: peronistas… ah! pero no cualquiera, no, si cuando a una le caen las desgracias le caen todas juntas… ¡tenía que ser zurdo, zurdo!!! ¡diosmio diosmio!! ¿a dónde vamos a llegar? Un día de estos nos pone una bomba…”
   -“No señora, soy amante de la paz, ¿Ve? Ud. me ataca y yo no digo nada…”
   De resultas de esto, Nohemí y Roberto solo los visitaban para fechas importantes y, cada vez, la visita era más corta. Los lapsos entre una visita y otra daban tiempo para que una madre Penélope teja y desteja historias basadas en una doncella arrancada de los brazos paternos por un terrorista o bien una mosquita muerta que engañó a todos con sus moditos infantiles, pero que mostró las uñas ni bien pudo.
   Mi amiga describe todo esto en historietas graficadas con cierto humor, extrañando por momentos a su familia, pero feliz de haber encontrado a Roberto con quien todos sus quehaceres habían cobrado una intensidad y sentido renovados. Trabajaban y estudiaban, entre horas daban clases en el departamento, él de historia y ella de dibujo. Por la noche él en la facultad ella en clase de dibujo, a veces el cine o los amigos o el partido.
   Nohemí siente que, por primera vez, puede pensar, decidir, equivocarse, y todo le es respetado, incluso sus errores e ignorancias.
   En las últimas hojas ha dibujado tantas flores, muñequitos y guardas que casi no se puede leer, pero dos renglones están escritos con marcador rojo y es imposible que no salten a la vista: “Este mes tuve una falta, ya van veinte días. En la próxima semana me haré el examen. Somos muy felices, muy muy felices.”
   Dos o tres párrafos más abajo, con marcador verde: “Pronto lo sabremos, si mi hijito está allí, ya debe saber cómo lo amamos.”
   Esto es lo último que está escrito por Nohemí.
   En la página siguiente pegaron una hoja de diario con un título policial: “Fue abatida una célula terrorista que operaba en San Isidro. Se encontraron armas en poder de los cadáveres…” etc… concluye el artículo con la lista de los ‘terroristas’ muertos y sus fotografías. Entre ellos se encuentran Nohemí y Roberto.
   La madre de mi amiga, que ha estado tomando mate y lloriqueando, sube el volumen del llanto quejumbroso al ver que cierro el diario de su hija y moquea su veneno:- “¿Qué podíamos hacer? ¿Quién sabe dónde la arrastró? Si la apartó de su hogar, de su familia… qué no habrá hecho de ella, dios-santo, todavía era ingenua y seguramente no le bastó convertirla en mujerzuela, también querría hacerla terrorista, ¡qué castigo!!! ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza!
   Dejé la casa sin decir nada y cerré despacito la puerta, como para no volver. La madre de Nohemí seguía con la misma retahíla mientras Mirta calentaba el agua para otro mate. Ya en la calle me di cuenta que llevaba el osito de Nohemí, no había reparado en qué
momento me lo pusieron en la falda y yo lo tomé instintivamente. Estaba gastado, sería uno de sus primeros juguetes, creí recordarla con él en brazos alguna tarde en que la visitara en su jardín.
   Juntos, el osito y yo llegamos al lugar donde ocurrió todo. Me fue difícil encontrar un testigo y para que hablara le juré que no tenía grabadores ni cámaras, ni nada que ver con investigaciones o con periodistas. Creo que el osito lo convenció más que mis argumentos, aun así no me miraba al hablar, pues si, recordaba con horror, todo aquello, por un momento pensó que lo matarían a él también:
   -“Es que los chicos no hacían nada, cargaban nafta solamente. De pronto, pasó un Peugeot gris, él vio las armas y abrazó a su pareja, en seguida, se vio venir un Ford verde con armas recortadas asomando por las ventanillas. Yo me escondí detrás de un auto, ellos corrieron a la fosa donde arreglamos los chasis, pero los tipos pararon y: ¡Qué carajo! sin decir nada los barrieron a balazos, otro que estaba en el Ford sacó unas pistolas de adentro del maletero y las tiró sobre los cuerpos inertes, les sacaron los documentos, tomaron fotos y, antes de irse me buscaron y me amenazaron… correría la misma suerte si abría el pico… ¡Ay! tendría que verlos usted: tan señoritos, tanta corbata, gomina en el pelo, traje impecable, ¡mierda de matones! Yo aún estaba con la boca abierta cuando unos muchachos llegaron en una camioneta y cargaron los cuerpos. Todo ocurrió en dos o tres minutos… Quedaron las armas y la sangre.”
    Siguió lustrando el mismo trozo del automóvil que ya estaba puliendo hacía rato y se perdió en un punto inexistente de su propio infinito. Estaba visto que no debía despedirme de las personas con las que hablaba de Nohemí. Se abría un abismo y yo caminaba por el borde.
   Tomé un ómnibus que me llevaría al centro en media hora.  Llegando al obelisco recobré ni anonimato y suspiré en una mezcla de desgaste y alivio. Solamente me faltaba un último gesto: regalar el osito a la niña más parecida a mi amiga que encontrara en el camino.
   Caminé por la calle Corrientes mirando a las nenas que pasaban hasta que una me sonrió y sus pecas brillaron como las de aquella muchachita que dibujara su vida con alegría.
   Cuando extendí el osito hacia ella, saltó emocionada y su madre se detuvo a mirarme… las mismas pecas, el pelo negro… la sonrisa de Nohemí y sus ojos clavados en mí que se cerraron antes de girar y seguir su camino sin saludar…
   No pude reaccionar, me quedé clavada en el piso por minutos, no supe que pensar… y volví a casa, entonces llegaron ustedes, ¡por suerte! porque a alguien debía contarlo… pero ¿por qué se retiran? ¿Por qué se van sin saludar?
                              
Mónica Ivulich
1986 - Edición 2013
Derechos reservados.
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sábado, 14 de diciembre de 2013

RELATOS DE COLORES: 1 – Dorado



En 1968 escribi algunos relatos que di en llamar:
RELATOS DE COLORES

1 – Dorado

Se paseaba el sol por los hermosos parques de  Palermo, en Buenos Aires, era un sol de otoño, cálido y dorado que bruñía el aire y la piel de los árboles, confundiéndose en el color de las hojas crujientes de abril.
Caminaba sin pensar en nada  en particular, sola, sin soledad, avanzaba tomando el cuello de mi abrigo para sentir calor en las orejas. Como explicar que esta soledad está poblada de gratas ausencias y que todo es perfecto así, que no debería cambiarse, solo regodearse en el ella.
Palermo, día lunes, solitaria, desando soledad. Todo era perfecto.
Palermo, día lunes, recuerdos bailoteando al viento tras las hojas crepitantes, cimbrando en las sombras casi chinescas, de las hojas al caer.
Tomar un café, dar vueltas al pocillo de tu propia vida, endulzándola con un terrón de soledad.
Y allí comenzar lo insospechado. Porque un café muchas veces trae lo inusual, aunque lo que de rutina sea tomar un café… pero he aquí que tú, joven con ideas propias, que no quieres ser costumbrista… tomas café como tradición inalterable.
 Está bien, se acepta que el café es diferente… el café no es solo un líquido oscuro que quita la sed o te caldea por dentro, sino que además te calienta de una forma indeciblemente amigable. Es la mano algodonada que suaviza una discusión, que pone el acento de alegría de un encuentro y trae recuerdos cuando uno tiene el lunes desocupado, como quien le pega un faltazo a la vida.
Y así estaba yo… en un sinfín de minutos, en una llanura de soles y lunas, en una hipersensibilidad de ojos apáticos, de danza de hojas doradas, de inercia moviendo mis pies hacia aquel café, cuando todo lo visto por primera vez es conocido.
Pero, en toda esta calma alguna ansiedad se filtraba por mi piel, algo contradictorio latía en mi interior, algo que me anunciaba con voz de caracol un ‘no sé qué’ destructor de mi armonía, poseedor de mis sentidos.
El café se hacía esperar, como siempre, aunque debería ser diferente un día lunes, pues casi no hay clientes… aun así, el mozo no asoma, todo el lugar parece tocado por el hechizo de la Bella Durmiente, como si el sopor se hubiese instalado en todos los cuerpos que deambulan en esta mañana de lunes por Palermo…

El largo estornudo de la máquina  exprés me anima y ya imagino llegar al impecable mesero con mi taza de café doble y pintorescos cuadraditos de azúcar, anticipo su olor y hasta me dan unos deseos terribles de pedir medialunas, incluso sin hambre… o ¿me bastará el calentarme las manos en su taza y dejar que su calor me inunde de a poquito, con pequeños sorbos…?
Veo por la ventana pasar los perros altivos con sus correas elegantes llevando a la rastra amos que corren con paso de ganso, mientras toda mi saliva se torna con sabor a café. Miro al mesero que me hace señal de que ya viene.
Mi ansiedad empieza desintegrar el clima bucólico y solitario de este lunes en puntos suspensivos. Tanto esperar  un día de paz y ahora, que casi lo consigo, esta expectativa fastidiosa, por lo larga, amenaza con volverme al estrés diario. Un rayo dorado de sol me llega directo a los ojos, me seco alguna lágrima.
Al fin, escucho los pasos del mesero y me sereno, lo miro agradecida… hasta que ¡oh sorpresa! El muy despistado no viene con mi café, trae una botellita de una gaseosa que detesto.
Y esta es toda la explicación señor comisario el resto ya lo sabe usted.